En Perú, como en la gran mayoría de los pueblos latinoamericanos está muy acentuada la desigualdad social. Hay un marcado desnivel entre la zona rural y urbana, y en muchos de los casos un total desconocimiento de las realidades de los pueblos de la sierra y la selva, por parte de la clase dirigente limeña. Como echo concreto recordamos lo acontecido a mediados del año pasado. Las comunidades indígenas de la selva protestaron durante varios meses pidiendo la derogatoria de los decretos legislativos que afectaban directamente sus tierras y por ende su modus vivendi. El resultado trágico y lamentable fue de 24 policías y 10 civiles muertos en una confusa operación de desalojo por parte de las fuerzas del estado; palabras más, palabras menos, la historia se repite como en los tiempos de la invasión europea: nuestros pueblos indígenas siguen sufriendo maltrato, explotación y olvido de parte de una clase dirigente que prácticamente solo se acuerda de su existencia cuando es necesario abrir megaproyectos en sus tierras. Por parte de los intereses de cuello blanco se pretende archivar el caso como un hecho aislado, sin ninguna conexión con la larga y maquiavélica cadena de maltratos.
Este fue a juicio de muchos el acontecimiento más resaltante del año pasado. De allí, que hay un largo camino por recorrer hacia la reconciliación nacional y para que esta sea inclusiva. El Perú es un conjunto de pueblos muy diversos y para nada se les pueden encerrar en una sola identidad y menos aún cuando esta es impuesta por unos cuantos.
Afortunadamente la Iglesia peruana se mantiene fiel al espíritu profético acompañando a nuestros pueblos en momentos como este, los obispos de manera oficial hablaron enfáticamente sobre los peligros del conflicto, y la Iglesia en general estuvo atenta a los sucesos. Muchos sacerdotes, religiosas y religiosos y laicos compartieron este momento difícil y dieron testimonio en lo concreto de su radicalidad evangélica.
La juventud peruana también mostró su rostro solidario de manera particular en las manifestaciones y marchas realizadas en apoyo a las comunidades nativas. En la marcha de Lima la gran mayoría de los participantes eran jóvenes universitarios que enarbolando la bandera de la paz y el respecto mutuo clamaban por la dignidad de todos los peruanos sin clasificaciones de clases.
La minería es uno de las grandes fuentes de ingreso para el país, lamentablemente en este sector las injusticias son también el pan de cada día. El monopolio de los intereses extranjeros menoscaba las necesidades básicas de muchas zonas y más aún las posibilidades de desarrollo; junto a esto, la contaminación producida por la extracción y procesamiento de los minerales hace que algunas ciudades como la Oroya sean catalogadas entre las más contaminadas de mundo. Las comunidades siguen exigiendo mejores condiciones de trabajo El Arzobispo de Huancayo, Monseñor Pedro Barreto sj, desde hace varios años viene denunciando estos atropellos. No puede ser posible que en el Perú uno de los países más ricos en recursos naturales extractibles persista la explotación de sus ciudadanos, un alto índice de personas en la extrema pobreza, desnutrición en sus niños y analfabetismo.
En este año y el próximo tendremos elecciones, esperamos que quienes reciban el encargo de gobernar el país sean respetuosos de la dignidad humana y de la naturaleza.
Como misioneros nos sentimos llamados, a insertarnos en medio de este pueblo acogedor y sencillo; aquí buscamos vivir, no como turistas o simples extranjeros; buscamos ir más allá de las simples relaciones, queremos compartir nuestra vida y nuestros ideales; el Perú hace parte de nuestros sueños y fatigas; es ahora nuestra misión. Por eso, más que admirarnos de los hermosos paisajes deseamos entrar en el alma de nuestro pueblo, participando de su vida diaria y de los acontecimientos que marcan el acontecer nacional.
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