Relatos Urgentes: La Carrera del vendedor más grande del mundo

"Tampoco sabemos cómo, pero mientras su mamá avanza, él va mirando fija y cautivadoramente a cada pasajero, lo hace como si fuera el dueño absoluto del tiempo y el mundo". 

Alejandro González Santafé

Digamos que se llama Luisa; por las mañanas vende lapiceros en las busetas de la Carrera Décima de Bogotá. En este momento, con cierta dificultad, ha logrado ingresar por la puerta trasera. Un señor la ve con su bebé en brazos e intenta cederle el puesto, pero ella haciendo un ademan negativo, camina hacia la parte delantera de la buseta y le ofrece un lapicero al conductor, quien medio se gira y le indica con su mano: “que tranquila, que no hay problema”. Aunque su bebé se deshace en llanto, Luisa no tiene más remedio que empezar con su prédica; la hace con un tono melancólico y campesino que escapando de su boca mantiene una velocidad constante a pesar de los abruptos frenazos del bus. Ella lo va logrando, poco a poco genera en nosotros esa extraña compasión llamada lástima; su repertorio, ya es sabido y no viene al caso reproducirlo.



Pero mientras todo esto sucede, acontece otra historia, pues Luisa, aunque expone la tesis de su necesidad, tiene la mirada perdida en la ventana del bus. A quienes vamos sentados poco o nada nos interesa ese detalle. ¿A quién le debería importar? Ahora, justo ahora, entrega los lapiceros y sigue hablando, ya al final se le oye decir: "...lo que diosito ponga en su corazón". ¡Y he aquí el milagro!: el bebé ha dejado de llorar y despliega una sonrisa inmensa que nos atrapa a todos, como si entendiera que éste es su trabajo. 

Tampoco sabemos cómo, pero mientras su mamá avanza, él va mirando fija y cautivadoramente a cada pasajero, lo hace como si fuera el dueño absoluto del tiempo y el mundo. Luisa, aunque trata de avanzar, no tiene más remedio que vivir el momento en cámara lenta. El tráfico de la ciudad queda por unos instantes atrapado, embotellado en la respiración de este niño sin nombre. Ya está hecho, lo que Luisa dejó inconcluso en las palabras, el bebé lo redondea con su candidez; aquí está, es él: el vendedor más grande del mundo. 

¿A quién no se le parte el alma con este cuadro? Si al final uno le compra un lapicero, sabe que alguito de ese dinero se transformará en alimento para el bebé. Ella recoge los lapiceros, le han comprado algunos, pero más ha recibido de gratis, ganancia doble, Luisa lo sabe y sonríe para sus adentros, pues en su mano han caído como bendición unos cuantos billetes. Pero ni así ella mira a los demás a los ojos; al fin y al cabo, uno podría decir: “es su culpa, su maldita culpa...”; pero la pobre, sencillamente, vive en una ciudad donde la gente se mira muy poco a los ojos, y donde algunos, en realidad, desearían que no existieras o por lo menos que te mantuvieras invisible, a pesar que la colombiana tristeza de tu rostro sea también nuestra.

Ahora Luisa, Luisa madre soltera, Luisa pobre, Luisa vendedora ambulante, Luisa sin estudio, Luisa la del arriendo de 100 mil pesos mensuales, Luisa la que en teoría es solo una niña con 17 años, Luisa la que cada día va creciendo en este maldito destino de no ser nadie, se pierde en la maraña de la ciudad. Ya el bebé ha recobrado su llanto, y su mamá en un gesto sublime lo acerca a su rostro, y se sumerge por unos cuantos segundos en la mirada tierna de sus ojos café, heredados indudablemente del abuelo, de aquel colombiano pobre y anónimo picado, sabrá Dios por cuál grupo armado, en aquella horrible noche que pareciera jamás cesar, la misma donde Luisa, nuestra Luisa, había jurado nunca más mirar a los demás a los ojos.

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